Discapacidad es un término
relativamente nuevo en nuestro ámbito. Hace menos de medio siglo estas
situaciones eran referidas de otras maneras, que actualmente (con lógica) nos suenan
bastante despectivas. “Idiotez”, “imbecilidad” y “debilidad” mental, eran
términos comúnmente usados otrora (Lentini, 2007), fuertemente relacionados a
la noción de edad mental, la cual aún tiene fuerte presencia en ámbitos
profesionales, sobre todo en algunas herramientas psicométricas.
Los paradigmas sobre discapacidad han ido modificándose a lo largo de la
historia. Desde finales del siglo XX conviven el modelo médico (precedido por
el modelo segregacionista) y el modelo social. El modelo médico, hijo de los
avances del Renacimiento y la Revolución Francesa, logró avances históricamente
válidos en los siglos precedentes, que permitieron generar mayores niveles de
precisión sobre algunas características de las diferentes condiciones de salud.
En el modelo médico incidieron sensiblemente las situaciones de los
excombatientes (por ejemplo de la Primera Guerra Mundial), a quienes los
Estados debían reparar, ya que ellos habían dado la vida por sus patrias.
El modelo social, en tanto, emergió más recientemente, centrado en el
contexto y no en el déficit exclusivamente. Se consideran las dificultades
específicas de la persona, pero también se contemplan especialmente las
barreras, el entorno y el origen social, desde una perspectiva de derechos.
Podríamos decir que el modelo médico guarda relación con los Diagnostic and Statistical Manual of Mental
Disorders (manuales DSM). Por otra parte, con el modelo social dialoga de
mejor manera la Clasificación
Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y la Salud (CIF), de
la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Actualmente se habla simultáneamente de personas con discapacidad y/o de
personas en situación de discapacidad, enfatizando lo coyuntural y los factores
contextuales, las barreras. En ese sentido hay barreras físicas, actitudinales,
de comunicación y de acceso a la información.
La noción de discapacidad que plantea la CIF (2001), en línea con el
modelo social, propone un enfoque biopsicosocial y ecológico (Bronfenbrenner,
1992), con el cual se superaría una mirada netamente “biomédica”. Desde esta
clasificación, la discapacidad englobaría a las deficiencias, las limitaciones
en la actividad y las restricciones en la participación. Las deficiencias se
entienden como problemas en las funciones o estructuras corporales, tales como
una desviación significativa o una pérdida. Las limitaciones en la actividad
hacen referencia a los problemas que una persona puede tener en el desempeño o
realización de determinadas actividades. Las actividades se conciben como la
realización de una tarea o acción por parte de un individuo. Por último, las
restricciones en la participación aluden a los problemas que una persona puede
experimentar al involucrarse en situaciones vitales.
Las dimensiones mencionadas líneas atrás, tienen a los factores
contextuales como elementos de trasfondo. Puede entenderse que la discapacidad
va a ser pensada desde este paradigma con relación a las limitaciones en la
actividad y las restricciones en la participación que tenga una persona con una
determinada deficiencia. Es decir, la discapacidad va a estar dada
fundamentalmente en relación al contexto, a los factores sociales y se la
podría asociar al resultado negativo de la interacción de la persona con su
entorno y las barreras del mismo. Esto es sintetizado claramente por Palacios:
La deficiencia —o diversidad funcional— sería esa característica de la
persona consistente en un órgano, una función o un mecanismo del cuerpo o de la
mente que no funciona, o que no funciona de igual manera que en la mayoría de
las personas. En cambio, la discapacidad estaría compuesta por los factores
sociales que restringen, limitan o impiden a las personas con diversidad
funcional, vivir una vida en sociedad. Esta distinción permitió la construcción
de un modelo que fue denominado «social» o «de barreras sociales» de
discapacidad. De este modo, si en el modelo rehabilitador la discapacidad es
atribuida a una patología individual, en el modelo social se interpreta como el
resultado de las barreras sociales y de las relaciones de poder, más que de un
destino biológico ineludible. (Palacios, 2008, p.123).
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