Al hablar sobre barreras, desde el modelo social y la educación inclusiva, podemos diferenciar algunas nociones. En primer lugar, en un sentido general las barreras son:
“todos
aquellos factores en el entorno de una persona que, cuando están presentes o
ausentes, limitan el funcionamiento y generan discapacidad. Entre ellos se
incluyen aspectos tales como que el ambiente físico sea inaccesible, falta de
tecnología asistencial adecuada, actitudes negativas de la población respecto a
la discapacidad, y también los servicios, sistemas y políticas que bien, no
existen o dificultan la participación de las personas con una condición de
salud en todas las áreas de la vida” (CIF, 2001).
Es en ese sentido que podemos decir que las barreras son
sociales, institucionales, políticas. Estas barreras pueden ser
arquitectónicas, culturales y/o cognitivas por ejemplo.
En un siguiente nivel, desde una perspectiva educativa, solemos hablar aquí directamente
de barreras para el aprendizaje y la participación. Las cuáles también:
“surgen de la interacción entre los estudiantes y sus contextos; las
personas, las políticas, las instituciones, las culturas y las circunstancias
sociales y económicas que afectan a sus vidas” (Booth, T; Ainscow, M; Black-
Hawkins, K; Vaughan, M y Shaw, L , 2000).
Por otra parte, desde una mirada más amplia,
integrando contribuciones de la psicología social, conectamos la idea de
barrera con la noción de obstáculo (Pichón-Rivière). Desde allí, en un proceso
de aprendizaje por ejemplo, podemos discriminar los obstáctulos epistemológicos
(conceptuales) y los epistemofílicos (internos, afectivos), los cuales deberán
ser abordados teniendo en cuenta su distinta naturaleza.
Estos aportes complementarios pueblan la palabra
barrera que solemos utilizar, en uno u otro sentido, dependiendo del contexto y
la intencionalidad.